Argentino, moreno de rayos, greñitas como a mi me gustan, unos cuarenta. Se acercó con una de esas excusas tontas que sirven para romper el hielo, pero que con gente tan fría como yo no surgen efecto. (¿Fría? ¿Soy fría? No, qué coño voy a ser yo fría. Bueno, distante. Un poco distante, quizás. O ficus, directamente.)
Tardé menos de lo que me costó decirle que sí, que menudo calor, en analizarle así por encima.
Pulsera de acero en la muñeca derecha, colgante de oro con tres alianzas. Oros, odio los oros.
La verdad que el tío estaba fibrado. Lo justo. Lo justo para saber manejarse en los terrenos farragosos, pero aún así, mi instinto femenino me susurró a gritos que funcionar, lo que todos entendemos por funcionar... vamos, que era más bien... escasito. Escasito de recursos, me refiero. De tacto, de saber hacer, de generosidad...
Los prejucios me hicieron creer que su coche era uno de los muchos BMW tuneados que había en el taller. Cuál fue mi sorpresa cuando el mecánico se le acercó para decirle que ya lo tenía, que ya estaba arreglado. Y cuando ambos se detuvieron ante un Corvette rojo de perfecta inclinación de capó, de ruedas gruesas, de tapacubos relucientes.
Y no sé si me infravaloro, pero no me imagino subida a uno de esos coches a los que llaman de "alta gama". Se supone que la copilota debe ser guapa, rubia, tetuda...
Pues eso, que dejo el asiento del acompañante para otros. Yo prefiero conducir, y todo lo que eso conlleva. Aunque sea en mi cochecito de 80 cv, y aunque tenga que quitar el aire para adelantar...
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